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LA SANTA HUMILDAD
Y LOS GRADOS PARA ALCANZARLA


Por Fernando Castro

 

 “Quien viva con el rostro elevado a Dios y con la cabeza declinada a la tierra, tendrá entonces el galardón de la Santa Humildad como premio, premio que se le otorgará en el silencio del alma y en la intima relación con lo Divino, sin que ninguna de estas acciones sea visible para hombre alguno, salvo por el grado de darse por entero a los demás, aunque en esto la vida se le fuera. Su consuelo sea el amor inmenso que le confortará en la soledad de quien se sabe en las manos del creador y con el corazón apuntando más allá de los confines del universo, sea esta su razón de vivir, Pero de lo que no ha de olvidarse jamás, es el de despojarse de si mismo y vivir así, constantemente, moldeado por la mano invisible del creador, en cuya voluntad ha de permanecer asido para siempre”.

Primer Grado
Conocerse a si mismo

Este es el primer paso para alcanzar la humildad, que consiste en conocer profundamente la verdad de uno mismo. Ya los griegos antiguos ponían como gran meta el aforismo: “Conócete a ti mismo”. Sin humildad no hay conocimiento de si mismo y, por lo tanto, falta de sabiduría.

Es importante en la acción de conocerse a si mismo trabajar el mecanismo de la “negación” tan frecuente en la psicología humana que le impide reconocer sus fallas, adjudicándoselas a otros, esto despierta el “orgullo” que se niega a aceptar los errores cometidos. Aquí es necesario un examen de conciencia honesto. Para ello: primero pedir ayuda al Santo Cristo Propio, luego mirar ordenadamente los hechos vividos, los hábitos o costumbres que se han enraizados más en la propia vida, pereza, desorden, celos, agresividad y otras actitudes Anticristicas.

Es vivir pegado a la cruz y coronado de una real corona de espinas a modo de examinar la conciencia, como quien se ejercita físicamente para lograr la musculatura que le permita logros físicos dignos de un atleta, así, tú serás el atleta de lo interno cuya musculatura a desarrollar, serán las virtudes del alma en lo externo, permitiendo que florezcan airosas al viento y al cielo, remontándose luego en un vuelo de luz al creador.

Segundo grado
Aceptarse

Una vez que se ha conseguido un leve conocimiento de uno mismo, viene el segundo escalón de la humildad: que es aceptar la propia realidad.

Aquí hay que considerar que resulta difícil muchas veces aceptar la propia realidad, de lo que se es, porque la soberbia se revela cuando la realidad es fea o defectuosa, y que sin esta revelación no seria posible cambiar el defecto que afea la Radiación Cristica al ser externo, pero que no se debe tomar como algo permanente, puesto, que sale a la luz de la conciencia para ser quemada, redimida y sublimada a las bellezas y virtudes del alma, para que bien florida se vaya al altar de Dios.

Entonces de lo que se debe cuidar, quien padezca estos males, es de la envidia de los logros de otros, así, como el rechazo que le venga de todo lo que unifique, ya que siendo esto la ante-sala de la propia destrucción, es posible librarse de esto, manteniéndose en la firmeza de propósito, que mora dentro de uno y que es a modo de timón en estas estrecheses oscuras, que padece el alma, aun cuando por soberbia nunca se de cuenta de esto, quien padezca tan ensordecedor mal.

No olvides que aceptarse no es resignarse ya que una vez que haz descubierto tus faltas, errores y limitaciones sabrás contra qué luchar, lo que facilita el cambio a una realización interior, así tu desenvolvimiento como un Cristo te sobrevendrá con la tibieza de una brisa y con la fuerza de un tifón.

Tercer grado
Olvido de si mismo

El orgullo y la soberbia llevan a que el pensamiento y la imaginación giren en torno “al propio yo personal” y el olvido de si mismo implica morir psicológicamente, asunto que muy pocos llegan a este nivel, por lo tanto se debe evitar vivir y estar pensando en si mismo, esto no necesariamente es pensar bien de uno, sino que también es estar “dándole vuelta” a los problemas personales. Recuerda que el pensar demasiado en uno mismo negativamente es compatible con saberse poca cosa, y el problema consiste en que se encuentra un cierto gusto el estar siempre quejándose, y sentir incluso placer en la lamentación de los propios problemas.

Esto parece ser algo impropio en la psique humana, pero es más frecuente de lo que se cree, ya que todos los males que te puedan sobrevenir, ingresarán a través de que te sientas triste, que encuentres un cierto goce en estar amargado, recuerda que aquí también esta disfrazada la vanidad, pero no es por la tristeza misma, sino por pensar en si mismo, en llamar la atención.

Cuarto grado
Darse por entero

Este es el grado más alto de la humildad, porque más que superar cosas negativas, se trata de vivir en el amor compasivo y en el amor unitario, donde toda parte de la vida se es uno mismo. En este nivel la humildad y el amor compasivo se llevan uno al otro, ha vivir en el Estado de Conciencia Primigenio, el que se tenia cuando en el Seno de Dios Permanecíamos Todos.

En este grado se han ido subiendo los escalones anteriores, ha mejorado el conocimiento propio, la aceptación de la realidad y la superación del “yo personal”, como eje de todos los pensamientos y sentimientos, se ha aprendido a liberarse de la esclavitud de la soberbia, ya se es capaz de querer a los demás por si mismos, y no solo por el provecho que se pueda extraer del trato de ellos.

“Así, estarás mirando al cielo, rendido con la cabeza declinada, pero con la actitud compasiva de ser tú el peor de todos, quien está dispuesto a calzar las sandalias de la renuncia, hechas del cáñamo que brota del mismo corazón y que se va trenzando a tus pies, en señal clara que te has descalzado en la tierra y que caminas vestido con la seda de todas las seda, la Santa Humildad”


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