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VOTOS DE SILENCIO


Por Fernando Castro


La abstinencia de hablar, viene a ser el voto simple, promesa hecha a Dios, sin la solemnidad exterior, es la suplica ferviente pero desprendida de su fruto de obtener una gracia.
Esta abstención de hablar es para que solo se exprese la Divinidad en uno, pues, cuando se vive descalzado, es este silencio el alimento del alma, retiro exquisito a los aposentos internos, desde donde se puede apreciar su majestad y gloria, en todas sus criaturas, donde el ser externo no puede proferir palabras para darse a entender ya que esto rompe el trato de silencio entre el candidato al Sendero Espiritual y Dios, trato de mantener sellados los labios en señal de renuncia al mundo, en donde el bullicio atormenta al alma, que de continuo quiere estar alabando a Dios, en su altar diamantino, donde el Fuego Sagrado Arde Eternamente.

El fuego de la pasión de la mente nos hacer ver las cosas como las cosas no son, y este es apagado por el silencio inteligente y observante, ya que solo así se puede extraer de las cosas, lo que verdaderamente las cosas son y que el silencio viene a denotar sagradamente.

Se ha de cuidar siempre las palabras que de la boca salen, porque en ellas están grabadas lo que en el corazón tenemos y esto puede ser, terquedad y obstinación, tanto como aquellas opiniones inquebrantables que obedecen a lo que podríamos llamar “calambres mentales”, que nos hacen vivir poseído, por una opinión exclusiva, por prevención y por un prejuicio, que se convierte en un clavo metido en la mente, dejándonos ciego a todo lo demás, y con gran parte del cerebro dormido, lo que nos resta lucidez, dejándonos enteramente en obscuridad, sin la Luz de nuestro Santo Cristo.

Así Jesús nos advierte de esto, diciéndonos; “No lo que entra por la boca contamina al hombre; pero lo que procede de la boca, eso es lo que contamina al hombre”.

Cuando se vive en penitencia de los votos de silencio, no se ha de hablar nada prácticamente durante todo el día. Y si la labor diaria implica romperlos, que nuestra voz sea muy baja y carente de soberbia.

También es licito romper este voto para los cantos de alabanza, servicios y decretos a Dios, así el sonido que el aire expele de los pulmones, sea encendido por el Santo Aliento, dándole a la voz la dulzura necesaria para bendecir en bien todo lo que con ella se indique.

En la sana ejecución de los votos de silencio, se permite que la voz de la conciencia nos hable, trayendo la inspiración del cielo que nos inclina al bien.

El silencio santo es aquel en donde se está en total armonía con todo, dejando al ser externo depuesto y con la atención puesta solo en el Cristo, y acallada la voz, que libre de culpa permite que solo la voz del cielo se escuche.

Por eso dice la vida; “Que la voz del silencio escuche aquel que acallada la voz permanezca con los labios sellados, en donde la palabra ponzoñosa jamás surja, para herir de gravedad a la vida, sino que más bien more en ese santuario donde en silencio se venera de continuo la Gloria del Altísimo, en una practica piadosa no obligada por nada más que el amor y fervor que se tiene en prontitud de animo, dispuesto a dar culto interno a Dios y hacer su Santa Voluntad”.

Solo cuando se vive en santa obediencia, se puede tomar los votos de silencio, ya que este silencio es el que permite deponer la cabeza y doblar las rodillas en señal de acatamiento y subordinación manifiesta con la palabra y la acción, a la Conciencia Cristica.

Recuérdese siempre que el silencio más que la abstención de hablar, es una pausa musical del alma, dedicada por entero a la Fuente Suprema de Todo, pausa que se suma al buen orden y disposición de las cosas en la Creación.

Y en ésta consideración a de conducirse el candidato al Sendero Espiritual, montado firmemente en estos votos de silencio, que le darán de seguro aquella capacidad de comprensión y desprendimiento de si mismo, aportándole serenidad. Así su conciencia será como un cielo despejado de nubes, porque así la vida observará con mayor esmero su renuncia a causa de sus votos, ya que no se puede decir que un discípulo a alcanzado la serenidad, mientras se conceda a si mismo la menor importancia.

Ya que ésta serenidad proviene del inmenso e insondable universo, y es esa fuerza intima que manifiesta ausencia de exigencia internas y que todos llevamos como fuente inagotable en nuestro corazón, que nos hace de genio apacible, sosegado y sin turbación física o moral.

Por lo que en cada paso que se de, contémplese el santo silencio que nos permitirá avanzar en nuestro propósito de ser un servidor de Dios, sereno, totalmente despejado de esas nubes negativas que provienen de nuestro “yo personal”, apartándonos de su niebla engañosa y que enreda el habla.

Porque de ésta serenidad del silencio, depende el armonioso funcionamiento de nuestra mente, la que liberada de sus escorias como son los complejos y represiones que llevamos en el subconsciente, podemos abocarnos a la identificación mental y afectiva, con el estado de ánimo de otro requisito fundamental para prestar servicio a la humanidad.

Ya que la serenidad abarca la totalidad de las cosas y concede a los hechos su justo valor.

Todo esto ha de estar cubierto por la sinceridad, para que el alma exprese sin el menor disimulo sus sentimientos, sus virtudes y deseos de ensanchar los bordes del reino de Dios.

En santo silencio seremos los soldados voluntarios, aquellos que libremente se alistan al servicio de Dios, enarbolando el estandarte del valor, pobreza interna y castidad, como amenaza al yo personal, obligándolo a deponerse en santa sumisión al Cristo, por la razón o la fuerza.

Para vivir en votos de silencio es preciso tener como virtud adquirida del Cristo, el valor.

La pronta observación y el silencioso ejercicio espiritual y deponerse en sumisión a la Conciencia Cristica, es para evitar que el ego, que siempre procura estar en escena, aparentado y produciendo efecto, sea llamado a servirle en rendida actitud a la Presencia de Dios “Yo Soy” por siempre, hasta alcanzar su gloria.

Solo así, se puede decir que se camina en total renuncia, descalzado de todo, especialmente de aquel delirio de grandeza que en pequeña escala, el de caminar vanidoso, se procura por darse importancia y que es nuestro “yo personal”, que se viste de títulos, condecoraciones y presume de hazañazas y relaciones, que al mundo impresionan y avergüenzan el alma.

Por eso Jesús nos advierte, diciéndonos al respecto; “El que se ensalce será humillado, y el que se humille será ensalzado”. Todo aquel que actué con arrogancia y presunción, procurando estar siempre en escena, preocupado de brillar ante los demás y ávido de admiración, haciéndose ver más grande de lo que es, la vida se encargará de abatirle el orgullo y la altivez, por que nadie es más grande que Dios. Sin embargo a aquel que se conduzca con la cabeza inclinada en señal de sumisión y acatamiento, la vida lo engrandecerá, elevándole a grado superior.

En el santo silencio se puede construir por medio de la observación una recta razón y adquirir el conocimiento práctico de lo que debemos hacer o decir, sostenido en el recto actuar, en donde este actuar no se inclina ni hace curvas, manteniendo intachable la conducta. Ya que el discípulo recto y leal es noble, equilibrado, generoso e inteligente. Y sus acciones están guiadas por el respeto de si mismo y de los demás.

La rectitud puede tener muchas caras y es aquí en donde los votos de silencio nos protegen mediante la contemplación de nuestra Conciencia Cristica, de no caer en la severidad, pues, algunas veces encubre una inteligencia de poco mérito, donde falta el Segundo Aspecto Sabiduría, con radiación del Tercer Aspecto de Dios, Amor, convirtiéndose esta rectitud en rigidez o falsa atención y consideración, perdiendo el cuidado con que se dice o hace algo.

Entonces viene la voz interna que nos advierte y nos dice; que siempre las más hermosas cualidades tienen siempre su reverso negativo, que contribuye a resaltar su encanto, pero que en el servicio a los demás este reverso debe desaparecer del discípulo, mediante el conocimiento de si mismo.

Así que, bendito sea el que permanezca en santo silencio, hermosa pausa musical en el encuentro con la Divina y Toda Poderosa Presencia de Dios “Yo Soy”. Por eso, Jesús nos dice; “Les digo que de todo dicho ocioso que hablen los hombres rendirán cuenta en el día del Juicio; porque por tus palabras serás declarado justo, y por tus palabras serás condenado”. Esto es, que por cada una de la palabra, con que nos expresamos oralmente y lanzamos nuestros conceptos, que están arraigados en nuestro subconsciente y que mencionamos antes o en el momento, que son inútiles, que carecen de frutos o provecho y que no poseen sustancia de ninguna índole. Se nos dará o restituirá aquello de lo que nos habíamos desposeídos, mediante cada una de las palabras que conforman nuestro discurso habitual y que son negativas. Entonces la vida en arreglo y conformidad al Principio de causa y Efecto, nos juzgará en el mismo tiempo en que la tierra emplea en dar la vuelta en su propio eje, de acuerdo a la faculta de la Conciencia Cristica, que todos los seres humanos poseemos y podemos distinguir entre el bien y el mal, lo verdadero de lo falso.

Así seremos expuestos de manifiesto en público, de que obramos en justicia y razón o seremos condenado a las penas eternas de los Principios Universales, que se Irán cumpliendo de acuerdo a nuestros dichos uno por uno, hasta que los comprendamos y vivamos en conformidad a ellos.

Aquel que en el ejercicio de los votos de silencio viva, permitirá que su cuerpo, sea el templo viviente donde arda el Fuego Eterno, en total carencia de ruido, a fin que solo la Luz del Santo Cristo, lo ilumine, siéndole común a todos, para que así, cualquiera sacie su sed de amor compasivo y perdonador en él.

Este silencio otorgará al discípulo el trato recto que le es necesario para con sus semejantes y lo pondrá a los pies del Maestro, que ha de conducirlo de las tinieblas a la Luz.

Por eso Jesús nos dice; “Felices los de genio apacible, puesto que ellos heredarán la tierra”. Que aquel que tiene felicidad, o vive en un permanente estado de felicidad o causa felicidad, tendrá por disposición divina y testamentaria de Dios, su Voluntad que es el bien para él, lo colmará de riquezas como nunca jamás pensó tener, además que todo lo que le pida Él, se lo manifestará.

El voto de santo silencio, es aquel silencio nutritivo que está libre de toda culpa y no ejerce juicio sobre ninguna criatura de la tierra, ya que tiene la facultad de hacer cambiar de aspecto interno y externo al que lo asuma, convirtiéndolo en un servidor manso, dulce y agradable en la condición y en el trato.

Sólo en el silencio el discípulo puede escuchar la voz que proviene desde las alturas y que baja como un tejido delgado y transparente de seda, y que el Santo Cristo Propio, le proporciona, insuflándole de la Paz del Gran Confortador.

Por eso Jesús nos dice; “Felices son los pacíficos, puesto que ha ellos se les llamará hijos de Dios”. Que los que tienen felicidad y causan felicidad y son sosegados, que no provocan luchas y ya no hacen esfuerzo para resistir a una fuerza hostil, o para subsistir y mucho menos viven en la discordia, a estos se le llamará justos o los que están en gracia con el Hacedor del Universo.

Así como el silencio otorga, así también, quien en votos de silencio vive, concede a Dios su vida, para que solo Él, sea quien se manifieste en todo y se lleve toda la gloria por siempre.

No olvide el buen candidato que existen dos tipos de silencio al que debe saber atender, para cuidarse de estos; uno es ese silencio lleno de susceptibilidad, que aun cuando alguien que lo manifieste y aparentemente guarde un recatado “silencio”, haciéndose ver como tolerante, cuando en el fondo bulle de rencor, odio y de debilidad haciéndose bullicioso, sin que gesticule palabra alguna, rompiendo la unidad en donde se encuentre, entonces más que control tenemos una muestra de debilidad y de sentimientos de inferioridad.

De este silencio se ha de cuidar el discípulo, ya que este hiere, puesto que es un silencio picajoso, que fácilmente se pica o da por ofendido, es la susceptibilidad consumiendo la armonía del ser, ya que aquel que la padece, sufre de autoritarismo que lo corroe, cuyas bases son la impotencia y la debilidad.

Esto sucede porque se vive en el temor de que se descubra como se es en realidad, al margen de lo que se parece ser, es vivir en la aridez del “yo personal” y no querer salir de este dominio, permaneciendo en un silencio seco y estéril.

Salomón, el sabio nos dice; “El que aparta su oído de oír la ley…hasta su oración es cosa detestable”.

A diferencia del santo silencio, que es grato, placentero y deleitable, que provoca asirse a quien lo manifieste.

¿Como podemos escapar de este silencio seco y estéril?

Mediante los ejercicios espirituales de humildad, obediencia, pobreza interna y silencio, en estos está garantizada la victoria, por medio del descubrimiento de las debilidades y de ésta forma superarlas, ya que en cuanto un hombre se desprende de sus debilidades llega al equilibrio claro en el razonamiento y en sus expresiones, desaparece para siempre toda sombra de la susceptibilidad.

El otro silencio que ha de cuidarse el discípulo, es aquel del mutismo, que es cuando la persona guarda silencio, aunque sus centros del lenguaje y los órganos de la palabra no hayan sufrido ninguna lesión orgánica, persiste en quedarse en silencio. Es evidente que muchos mutismos son voluntarios; miedo a comprometerse, por ejemplo, y esto no es compatible con aquel que aspira a ingresar al Sendero Espiritual, donde la recta conducta y el amor son uno de los requisitos por cumplir y desenvolver, por lo tanto el aspirante ha de saber expresar y comunicar su postura y opinión, de acuerdo a su sano juicio, comprometiéndose con la vida y sus expresiones de bien.

También encontramos el mutismo en la timidez; en estos casos se debe a una inhibición emotiva, la que se puede eliminar si se desenvuelve el Tercer Aspecto de Dios, Amor.

Al tomar los votos de silencio, estás también en la Práctica de la Presencia de Dios, que hace el contraste experimental entre saber teóricamente que llevas a Dios por dentro y vivirlo realmente.

El santo silencio lleva por compañía la serenidad y ésta a la placidez, que provoca un transitar quieto, sosegado y sin perturbaciones, pronto regalo del Cristo, ya que si no se va en busca de su desenvolvimiento, éste estado no viene, porque no se puede concebirse la serenidad sin comprensión y desprendimiento de si mismo.

No puede decirse que un discípulo tiene serenidad mientras se conceda a si mismo la menor importancia, ya que ésta proviene de la Conciencia Cristica desenvuelta y de la ausencia de exigencias del “yo personal”, es vivir totalmente depuesto.

En este santo silencio se ha de vivir totalmente con la cabeza declinada con aquella prenda de vestir única que cubre la cabeza y el rostro, de tela cruda que impida el lucimiento de nada que no sea la luz de Dios, que nos lleve siempre por la senda de la rectitud, siendo leal y noble, para que nuestras acciones estén guiadas por el respeto de si mismo y de los demás.

Jesús nos dice; “Así mismo resplandezca la luz de ustedes delante de los hombres, para que ellos vean sus obras excelentes y den gloria al padre de ustedes que está en los cielos”. Que al vivir en Conciencia Cristica, despidamos de éste mediante nuestra actitud de acallar al ser externo, los Siete Aspectos de Dios y reflejemos en nuestro rostro, gran alegría y satisfacción, por vivir en la Luz de Dios, que hace visible todo el bien y sea mostrada a los demás la virtud y el poder de su Enseñanza, por obra del Espíritu Santo en nosotros y esto le de la majestad, esplendor y magnificencia sólo a Él, de quien es toda la gloria por siempre.

Venga a ti el dulce sentir de vivir en Dios, rendido y declinado, abandonando la posición que toma por propia el “yo personal” que es la vertical y puesto voluntariamente en posición horizontal en el suelo, apoyando la frente y humillándose ante la grandeza de Dios, en señal de veneración, digas con vuestro voto de silencio, que de ahora en adelante su imperturbable voz será la tuya.


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